28 de junio de 2011

Páez dio concierto para no olvidar

Los hermanos Jorge y Andrés Vargas, junto con su amiga Paula Morales, llegaron el sábado desde las 3 p. m. a las afueras del Teatro Popular Melico Salazar.

Ellos encabezaron las filas para lo que sería el primero de dos conciertos que el cantante argentino Fito Páez ofreció el fin de semana en nuestro país.

“Nos vinimos temprano porque nos dijeron que en el segundo piso no es numerado”, explicó Andrés, al tiempo que Paula decía: “Sí, valdrá la pena tan larga espera”.

A las 8:26 p. m., la premisa de la joven herediana comenzó a convertirse en toda una realidad, cuando el sudamericano saltó al escenario y, sin decir mayor cosa, se sentó en el piano para que sus manos comenzaran a generar “magia” musical en un recinto abarrotado.

Minutos antes, desde el punto más alto del teatro se escucharon un par de gritos de “¡Fito!”, y de seguido, el público comenzó a calentar la noche con aplausos a la espera de su ídolo.

Diez minutos sobre las tablas, con un repaso rápido de algunos de sus principales éxitos, bastaron para que los seguidores provocaran un diluvio de palmadas y elogios para alguien que demostró que, en esto de la música, son suficientes 20 metros cuadrados para hacer vibrar a cualquiera.

Llueve sobre mojado y Pétalo de sal formaron parte del repertorio, con interpretaciones que dejaron escuchar al músico decir: “¡Así canta San José”, y “¡Qué bien que estamos cantando hoy!”.

La presentación incluyó también otros hits, tales como Desarma y sangra, Al lado del camino y Ciudad de pobres corazones.

Pero fue con Un vestido y un amor –muy coreada por cierto– con la que Páez marcó un gran momento para sus seguidores.

El argentino se levantó de su silla, olvidó por un par de minutos su piano y de pie, se dedicó a escuchar al teatro. Al mejor estilo de un director de orquesta, guió a sus fans durante toda la canción.

Ya de vuelta en su piano, el sudamericano dedicó las partituras A rodar mi vida, para que, a las 9:35 p. m. –luego de una hora y 10 minutos de concierto– expresara la despedida. “¡Hasta mañana!”, fue lo único que dijo, antes de salir de escena.

El teatro se convirtió en lo más parecido a un estadio de futbol.

Todos, en una sola voz, comenzaron a corear el infaltable y muy conocido “Oe, oe, oe, oe... Fito, Fito.... Oe, oe, oe, oe”.

Mucho más. Y del futbol se pasó al baloncesto, pues los espectadores comenzaron a sonar el piso del teatro con sus pies, al tiempo que llamaban al cantante con un conglomerado de ruidosas aclamaciones y aplausos.

Ya con otro vestuario, Páez reapareció en el escenario para ofrece r un verdadero regalo en suelo tico.

“No me dejan ni respirar, che. Ya que estamos en un teatro majestuoso, déjenme cantar una canción a capela”, expresó al público, que reaccionó atónito y hasta incrédulo, ante semejante propuesta.

El silencio se apoderó del lugar y dio paso solamente a la voz de Páez y la letra de Yo vengo a ofrecer mi corazón. Y ¿cómo no lo iba a hacerlo, si los ticos le ofrecieron el suyo?

El cantante gestó de esa manera tres minutos inolvidables en la memoria de quienes se había dado cita en el teatro josefino.

Páez no podía irse sin deleitar a sus seguidores con Dar es dar y Mariposa teknicolor, éxitos de su carrera con las que cerró su presentación, no sin antes realizar una magistral interpretación en el piano.

Al final, una hora y 25 minutos con el también escritor y cineasta fue suficiente para que el público se sintiera más que satisfecho.

“Me gusto todo. Él siempre cumple mis expectativas, es la tercera vez que lo veo”, comentó Julia González, salvadoreña que tiene seis meses de vivir en Costa Rica.

Su compatriota, Francisco Rivas, aseguró que viajó desde su tierra solamente para ver el concierto. “Me impresionó lo de la capela. Supo aprovechar el teatro...”, dijo.



http://www.nacion.com/2011-06-27/Entretenimiento/UltimaHora/Entretenimiento2824150.aspx#

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Spinetta por Aznar

Hoy todas las guitarras están de luto
La mía, que tendría que haberse puesto a repasar zambas
sólo puede pensar en la tuya,
tal vez porque el barro
tal vez porque este balcón donde te vi
casi por última vez
mira una nube de la forma y el color
de esas eléctricas con las que soñábamos de chicos
Este balcón que se quedó esperando una charla
unas palabras o un abrazo
más
que yá no llegará
Luto también en las palabras
habituadas como estaban a que les pusieras
cascabeles
guirnaldas asonantes
o ruedas de tren apocalíptico
caleidoscópicos ojos de fertil papel
de tu prolífica pluma
que suma y resta sílabas
del metro patrón de las esferas
apenas solas
a solas penas
Adiós
que sea A-Dios
a sus brazos
a ese rincón de magia
que seguramente Él guardará
para los que se animan a jugar
con los bloques con los que ha construido el mundo
haciendo pequeños nuevos mundos de cuatro minutos
donde el corazón se muestra
y baila desafiando al vacio
Adiós
Mientras me duele el pecho
te imagino en viaje
por inmensidades más vastas que las del Capitán
pero a diferencia de él
sé que tendrás todos los tangos silbados al oído
y nunca faltará un mate
ni perfume a malvones
En todos nosotros se queda un pedacito tuyo
serás inspiración multiplicada por millares
a lo largo de los años
y lo ancho de las geografías
Cambiaste nuestras vidas
abriendole camino a la imaginación
cantándole salvaje o dulcemente
a los misterios que nos habitan
al misterio que somos
Adiós
No me resigno a tener que decirlo
Adiós
mensajero del infinito

Pedro Aznar